Hace ya más de diez años que empecé a dedicarme a la fotografía y, como casi todo el mundo, también tuve una primera sesión.
Si no recuerdo mal, fue con la hermana de un amigo y una amiga suya. Les hice unas fotografías en la universidad donde yo estudiaba y también en una playa. Aquella sesión fue más una forma de practicar y aprender que un trabajo como tal.
En realidad, mi interés por la fotografía había comenzado algunos años antes, cuando empecé a descubrir este mundo poco a poco. Si te apetece conocer cómo fueron esos inicios, puedes leer este artículo sobre mis primeros estudios fotográficos.

Fotografía realizada en mi primer estudio fotográfico
Poco después decidí anunciarme en una página de ofertas del periódico El Correo, en Bilbao. Aquello marcó un antes y un después, porque gracias a esa promoción realicé alrededor de 100 sesiones en apenas dos meses. Fue una época en la que aprendí muchísimo y en la que realmente empecé a ganar experiencia trabajando con clientes.
Los nervios siempre están ahí
Hay algo que muchas personas no saben y es que todavía hoy sigo poniéndome un poco nervioso antes de empezar una sesión. Es una sensación que desaparece en cuanto empiezo a fotografiar, pero siempre está presente.
Al principio esos nervios venían sobre todo por el miedo a no cumplir las expectativas de los clientes. Con el tiempo fui comprobando que las sesiones gustaban y que los clientes quedaban contentos con el resultado. Eso hizo que poco a poco fuera ganando confianza, aunque esos nervios iniciales siguen acompañándome antes de cada sesión.
La experiencia cambia tu forma de fotografiar
Si hoy volviera a realizar aquellas primeras sesiones, seguramente haría muchas cosas de forma diferente. No porque estuvieran mal, sino porque con los años vas aprendiendo nuevas formas de dirigir a las personas, descubres ideas para posar y también evoluciona tu forma de editar las fotografías.
Una de las lecciones más importantes que aprendí fue que, especialmente en las sesiones familiares con bebés o niños, es más importante capturar el momento adecuado que buscar la perfección técnica. Una sonrisa espontánea, una mirada entre los padres y su hijo o una carcajada tienen mucho más valor que una pose perfecta.
Con el tiempo entendí que muchas veces la mejor fotografía dura solo una fracción de segundo, y que el verdadero reto consiste en estar preparado para capturar ese instante.
Aprender sesión tras sesión
Si pudiera volver atrás, probablemente no le daría demasiados consejos a aquel Héctor que empezaba. Quizá le hablaría un poco de marketing, porque hacer buenas fotografías es solo una parte del trabajo. Pero, pensándolo bien, creo que tampoco cambiaría nada.
Gran parte de lo que soy hoy se lo debo precisamente a haber aprendido poco a poco, sesión tras sesión, acertando unas veces y equivocándome otras. Esa experiencia no se consigue de otra manera.
Con el paso del tiempo no solo he ganado experiencia como fotógrafo, también he ganado seguridad en mí mismo. Aunque sigo siendo una persona tímida, hoy afronto cada sesión con mucha más tranquilidad porque sé que estoy preparado para adaptarme a cada familia, pareja o cliente que confía en mí.
De hecho, todavía hay clientes de aquellas primeras sesiones que conservan esas fotografías con mucho cariño. Recuerdo especialmente una familia cuya sesión fue todo un reto porque sus tres hijos no dejaron de correr, jugar y pelearse por el parque. Aun así, conseguimos imágenes de las que quedaron muy contentos y, más de diez años después, sé que una de aquellas fotografías sigue colgada en un cuadro enorme en su casa.
Mirando atrás, me alegra haber empezado sin saberlo todo. Si no hubiera pasado por aquellas primeras sesiones, con sus nervios y todo lo que fui aprendiendo, nunca habría llegado hasta donde estoy hoy. Al final, la experiencia se construye una sesión detrás de otra, y ese camino forma parte de la historia de cualquier fotógrafo.





